Santa Cecilia, virgen y mártir.
Viernes 22 de noviembre de 2024, Comunidad de Cuestillas, Florencia, 6:00 p.m.
En celebraciones como ésta, suelo decir que, para una comunidad cristiana como ustedes, la fiesta patronal es un verdadero momento de gracia y bendición, pues les permite renovarse y animarse en la fe, al mismo tiempo que retomar con nuevo ánimo la misión evangelizadora y apostólica que surge del bautismo. También, es una oportunidad providencial para acercarse a la figura, legado y ejemplo del patrono o patrona, a fin de conocer mejor su vida y testimonio de fe, sus virtudes y ejemplos para que nos animen igualmente a nosotros en el camino de nuestra vocación común a la santidad.
La palabra de Dios que se ha proclamado ilumina y anima nuestra experiencia de fe a la luz de la vida y testimonio de Santa Cecilia, virgen y mártir. Pienso, justamente, que el elemento común de los textos es la palabra de Dios: su importancia y su trascendencia para nosotros. En la primera lectura del Apocalipsis, se le pide al vidente comer el librito que representa a la palabra de Dios. Se le anuncia que tendrá un sabor muy dulce, pero también muy amargo. Así es la palabra de Dios: dulce porque nos consuela, anima, alimenta y fortalece; pero también amarga porque es exigente y fuerte, nos hace pasar muchas veces por la prueba, el dolor y la dificultad por causa del Señor y las exigencias de nuestra fe. Pero siempre es y será la palabra de Dios, en la cual encontramos su voluntad, luz, gracia y salvación.
De la palabra de Dios nos habla también el evangelio de San Lucas que hemos escuchado. Además de mostrar su celo por el templo, que había sido convertido en un mercado, nos dice el evangelista que “Jesús enseñaba todos los días en el templo”; es decir, predicaba y anunciaba incesantemente la palabra de Dios. Él es la Palabra viviente del Padre, y Jesús siempre hizo de la palabra de Dios su deleite y su gozo. Lo que repetíamos con el salmo 118: “Mi alegría es cumplir tus mandamientos”. Por ello, el Señor nos invita constantemente a cumplir y a poner en práctica su palabra.
Pues precisamente eso fue lo que siempre hicieron los santos: escuchar, interiorizar, cumplir y poner en práctica la palabra de Dios; aunque ello los llevara a la prueba, al sufrimiento, al dolor e incluso a la muerte por dar justamente testimonio de esa palabra. Este fue el caso de los mártires como lo fue Santa Cecilia: prefirió la muerte antes de traicionar o ser infiel a la palabra de Dios.
Por más de mil años Santa Cecilia ha sido muy venerada en la Iglesia Católica. Una tradición muy antigua dice que pertenecía a una de las principales familias de Roma, que acostumbraba a vestir una túnica de tela muy áspera y que había consagrado a Dios su virginidad. Sus padres la comprometieron en matrimonio con un joven llamado Valeriano, pero Cecilia le dijo a éste que ella había hecho voto de virginidad y que si él quería ver al ángel de Dios debía hacerse cristiano. Valeriano se hizo instruir por el Papa Urbano y fue bautizado. Luego entre Cecilia y Valeriano convencieron a Tiburcio, el hermano de éste, y lograron que también se hiciera cristiano.
Las historias antiguas dicen que Cecilia veía a su ángel de la guarda. El alcalde de Roma, Almaquio, había prohibido sepultar los cadáveres de los cristianos. Pero Valeriano y Tiburcio se dedicaron a sepultar todos los cadáveres de cristianos que encontraban. Por eso fueron arrestados. Llevados ante el alcalde, éste les pidió que declararan que adoraban a Júpiter. Ellos le dijeron que únicamente adoraban al verdadero Dios del cielo y a su Hijo Jesucristo. Entonces fueron ferozmente azotados y luego les dieron muerte. Los dos santos mártires animaban a los demás cristianos de Roma a sufrir con gusto todos los horrores, con tal de no ser infieles a la santa religión.
Después de ello, la policía arrestó a Cecilia y le exigió que renunciara a la religión de Cristo. Ella declaró que prefería la muerte antes que renegar de la verdadera religión. Entonces fue llevada junto a un horno caliente para tratar de sofocarle con los terribles gases que salían de allí, pero en vez de asfixiarse ella cantaba gozosa (quizás por eso la han nombrado patrona de los músicos). Visto que con este martirio no podían acabar con ella, el cruel Almaquio mandó que le cortaran la cabeza. La santa, antes de morir le pidió al Papa Urbano que convirtiera su hermosa casa en un templo para orar, y así lo hicieron después de su martirio. Antes de morir, había repartido todos sus bienes entre los pobres.
En 1599 permitieron al escultor Stefano Maderno ver el cuerpo incorrupto de la santa y él fabricó una estatua en mármol de ella, muy hermosa, la cual se conserva en la iglesia de Santa Cecilia en Roma. Está acostada de lado y parece que habla. En Roma había ya en el año 545 un templo dedicado a esta gran Santa. Hermanos, como fruto de esta fiesta pidamos al Señor la claridad, la valentía, la determinación y la fidelidad de los santos y mártires, especialmente de Santa Cecilia, para vivir, testimoniar y confesar nuestra fe hasta las últimas consecuencias, siendo fieles hasta el final a la palabra y a la voluntad de Dios. Que así sea, amén.
¡Santa Cecilia, virgen y mártir! Ruega por nosotros.
