I Encuentro de Comisiones Diocesanas del Clero.
Miércoles 22 de octubre de 2025, Seminario Nacional Nuestra Señora de los Ángeles.
Memoria litúrgica libre de San Juan Pablo II.
Queridos presbíteros, diáconos y miembros de las comisiones diocesanas del clero:
Agradezco vivamente la presencia y participación de cada una de las diócesis en este I Encuentro de comisiones del clero, acá, en esta nuestra querida casa del Seminario Nacional Nuestra Señora de los Ángeles. Gratitud para el P. Rector y toda la comunidad del Seminario por recibirnos y permitirnos llevar a cabo este Encuentro. La presencia de ustedes y sus diócesis es signo de comunión, de corresponsabilidad y de amor por nuestros hermanos presbíteros. Este Encuentro quiere ser, ante todo, una expresión de la comunión sacerdotal que nos une y un paso más en el servicio de acompañamiento que la Iglesia nos confía.
El objetivo que nos convoca -visibilizar el ser y quehacer de las comisiones diocesanas del clero, de los diáconos permanentes y de la comisión nacional- apunta a fortalecer la colaboración, la comunicación y la unidad de criterios en la pastoral del clero. No se trata sólo de organizarnos mejor, sino de reconocernos mutuamente como servidores de un mismo cuerpo, el presbiterio, que necesita ser animado, acompañado y sosrenido en su vocación.
La pastoral del clero: la primera de las pastorales.
Como se ha dicho con acierto y convicción, la pastoral del clero debería ser la primera de las pastorales, porque de la vida humana, espiritual y pastoral de los presbíteros depende, en gran medida, la vitalidad de toda la Iglesia Particular. Si los pastores están animados por un auténtico impulso sacerdotal y una ferviente caridad pastoral, las demás pastorales florecen y dan fruto.
El apóstol Pablo, en la primera lectura de su carta a los romanos, nos recuerda que hemos sido liberados del pecado para convertirnos en “siervos de la justicia”. Ese es nuestro camino: vivir nuestra libertad no como autonomía o poder, sino como servicio entregado. En un tiempo en que fácilmente se confunde el ejercicio del ministerio con el activismo o la función, la pastoral del clero nos invita a volver a las fuentes: a la identidad sacerdotal que brota de la Eucaristía, de la Palabra, de la oración y de la comunión fraterna.
Una pastoral del clero viva y orgánica busca que el sacerdote viva integrado consigo mismo, apasionado por Cristo, cercano a su pueblo y unido a sus hermanos. Esta es la base de toda renovación pastoral.
Acompañar y vigilar: misión de las comisiones del clero.
El evangelio de San Lucas nos ha recordado la figura del administrador fiel y prudente, encargado de cuidar la casa en ausencia del señor. Jesús nos exhorta a la vigilancia y a la fidelidad en el servicio. Dice: “Al que mucho se le dio, mucho se le pedirá; y al que mucho se le confió, más se le exigirá”.
Queridos hermanos, esta palabra nos toca e interpela directamente. Las comisiones del clero son llamadas a ser esa instancia de vigilancia, cercanía y cuidado para con nuestros hermanos sacerdotes. No se trata de controlar, sino de acompañar; no de fiscalizar, sino de servir. Somos administradores de la comunión, custodios de la fraternidad y guardianes del fuego sacerdotal que no debe apagarse en el corazón de nuestros hermanos.
Vigilar en sentido evangélico significa estar atentos a las necesidades humanas y espirituales de los presbíteros: su cansancio, su soledad, su alegría y sus búsquedas. Significa ofrecer espacios de encuentro, de escucha, de formación permanente, y también de sanación interior y renovación pastoral. En este sentido, el servicio de las comisiones no es accesorio ni secundario. Todo lo contrario, es expresión concreta del amor de la Iglesia por sus pastores. Acompañar al sacerdote es cuidar el corazón de la Iglesia.
San Juan Pablo II: un pastor para los pastores.
Hoy, al celebrar la memoria libre de San Juan Pablo II, queremos hacer recuerdo agradecido de su solicitud constante por los sacerdotes. Desde su primera carta a los presbíteros en 1979 hasta su última en 2005, nos mostró con su vida que el sacerdote debía ser “amigo del Señor” y “hombre de misericordia”.
En su exhortación Pastores Dabo Vobis, nos recordaba que “la vida y el ministerio del sacerdote son una prolongación sacramental de Cristo, Cabeza y Pastor” (n. 15). Y añadía: “El sacerdote está llamado a ser, en medio del pueblo de Dios, signo vivo de la presencia amorosa de Cristo” (n. 12).
Juan Pablo II vivió su pontificado con una solicitud incansable por los presbíteros: los visitaba, les escribía, los escuchaba, sufría con ellos. Decía: “Queridos sacerdotes, no tengan miedo de su debilidad; Cristo los llama precisamente en su pobreza”. Su testimonio nos impulsa hoy a redescubrir el valor de acompañar, formar y sostener a quienes entregan la vida por el Evangelio.
Algunos desafíos actuales para la pastoral del clero.
Vivimos tiempos complejos en los que el sacerdote experimenta presiones nuevas: soledad, desgaste pastoral, desmotivación, relativismo moral y espiritual, cansancio ante estructuras eclesiales que parecen no responder a las urgencias del mundo actual. Frente a esto, la pastoral del clero está llamada a renovarse y adaptarse, sin perder su esencia. Acá algunos acentos que me parece deberíamos asumir:
1.- Acompañamiento integral: no basta la formación intelectual o la actualización pastoral; necesitamos acompañar al sacerdote en su vida humana, emocional y espiritual.
2.- Fraternidad presbiteral real: promover vínculos más sinceros y cercanos entre los sacerdotes; ojalá comunidades de vida y apoyo mutuo.
3.- Espiritualidad encarnada: ayudar a los presbíteros a vivir la centralidad de la oración en medio de las realidades concretas del ministerio.
4.- Cuidado de los sacerdotes mayores y enfermos: ellos son memoria viva del Evangelio; su presencia no puede quedar en un olvido ingrato.
5.- Atención a los sacerdotes jóvenes: ellos necesitan acompañamiento, ejemplaridad y formación continua en sus primeros años de ministerio.
6.- Prevención y acompañamiento en crisis: una Iglesia sin miedo a mirar las fragilidades y aceptar errores, que ofrece ayuda oportuna y misericordiosa.
Hermanos, me parece que estos desafíos requieren de una pastoral del clero que escuche, sirva y acompañe con el corazón de Cristo Buen Pastor.
Servidores vigilantes del don recibido.
El salmo de hoy nos recordaba: “Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, nos habrían tragado vivos” (Sal. 123). Nuestra vocación y ministerio son pura gracia. No estamos aquí por mérito propio, sino porque el Señor ha querido contar con nosotros. Pidamos, entonces, la gracia de ser administradores fieles y prudentes, servidores vigilantes del don recibido, instrumentos de comunión y de consuelo para nuestros hermanos sacerdotes.
Que San Juan Pablo II interceda por nosotros y nos enseñe a amar apasionadamente a Cristo, a su sacerdocio y a su Iglesia. Que María, Madre de los sacerdotes, nos cubra con su ternura y nos ayude a perseverar en el servicio humilde y gozoso al clero de nuestras diócesis. Amén.
