Pobreza, justicia social y dignidad humana

La pobreza es una realidad que se manifiesta de diversas formas en distintas regiones del mundo. En nuestro país, se entrelaza de manera preocupante y cada vez más penetrante con la desigualdad, convirtiéndose en un flagelo que divide a nuestros ciudadanos, generando lamentablemente una distinción entre aquellos que gozan de privilegios y los que sufren las consecuencias de la exclusión.

En medio de modelos económicos excluyentes, muchas veces los más vulnerables son tratados como objetos ante una sociedad llena de indiferencia y en la que se privilegia el descarte. Como cristianos, tenemos la responsabilidad de reconocer que cada persona posee dignidad y derechos, no son un medio para otros fines.

El Papa Francisco, en Evangelii Gaudium, n. 53, nos dice: “Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son ‘explotados’ sino desechos, ‘sobrantes’”.

En esta realidad que vivimos, la migración es un fenómeno creciente que pone de manifiesto las desigualdades del mundo globalizado. Los migrantes, buscando una vida mejor, enfrentan peligros y rechazos, siendo muchas veces vistos como una carga. Simplemente son descartados.

En lugar de ver a los migrantes como una amenaza, la Pascua de Cristo nos invita a abrazarlos como hermanos, a acompañarlos en su sufrimiento y a promover una cultura de acogida. Negarles su dignidad es negar la humanidad que compartimos en Cristo. La respuesta a la migración no debe ser la exclusión, sino la solidaridad.

La pobreza, la injusticia y la migración son síntomas de un sistema económico y social que favorece a unos pocos y margina a muchos. El Magisterio de la Iglesia nos ha enseñado que los bienes de la tierra son para todos, y que las estructuras de poder deben cambiar para permitir que todos vivan con dignidad. La pobreza no puede ser vista como una consecuencia inevitable, sino como una injusticia estructural que debe ser transformada.

En un mundo que valora tanto el consumo y la acumulación de riquezas, se nos invita a recordar que el verdadero valor está en la persona, en su dignidad y en su capacidad para amar y ser amado. El sufrimiento de los pobres y los migrantes es un desafío para construir una sociedad más justa y equitativa, basada en el respeto y la fraternidad.

No basta con la caridad, que puede aliviar temporalmente el sufrimiento. La justicia social es un mandato más profundo: implica el cambio de esas estructuras que perpetúan la pobreza. Y atención: que, en pleno año electoral, no se utilice la pobreza como botín político ni sea una plataforma para la demagogia.

Como Iglesia, debemos ser los primeros en actuar. La justicia no es una opción, sino una responsabilidad que tenemos con los demás, especialmente con los más desfavorecidos.

Pidamos al Señor que nos ilumine como sociedad para promover un modelo que respete la dignidad de cada persona, que garantice el acceso a los derechos básicos y construya un mundo más humano, en el que todos podamos vivir según los principios del Evangelio.

Fermento 371. Martes 6 de mayo, 2025

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