Que la luz no se apague

“La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Juan 1, 5). Este versículo del Evangelio sostiene la esperanza de una Iglesia que no niega sus heridas, pero que, precisamente desde ellas, quiere ser testigo de luz, justicia y conversión. Con motivo de la V Jornada Nacional de Oración por las Víctimas de Abuso, a celebrarse el 1 de junio de 2025, Solemnidad de la Ascensión del Señor, se nos invita a renovar el compromiso de ser una comunidad verdaderamente segura y evangélica.

No se trata de una simple jornada litúrgica o conmemorativa. Es un acto de conciencia y responsabilidad eclesial. La Iglesia en Costa Rica se une en oración y reparación, reconociendo el sufrimiento de quienes han sido víctimas de abuso, especialmente en el seno de comunidades que estaban llamadas a ser refugio y protección. Su clamor no puede ser ignorado. La oración, cuando es auténtica, nos impulsa a actuar, a escuchar, a reparar.

No bastan las palabras bien intencionadas ni los gestos simbólicos. Hace falta un compromiso sostenido, firme y concreto con la verdad, con la justicia y con la restauración de la confianza. Costa Rica se prepara para recibir el próximo año el V Congreso Latinoamericano del Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la Protección del Menor (CEPROME). Cada paso cuenta. Ningún esfuerzo está de más.

En este espíritu, la prevención se convierte en una dimensión esencial de nuestra vida cristiana. Prevenir no es solo evitar que algo ocurra, sino formar actitudes, cultivar vínculos sanos, generar ambientes donde cada persona se sienta protegida, escuchada… respetada.

Ser una Iglesia que previene es también ser una Iglesia que se educa. Nadie puede dar lo que no tiene. Por eso, urge la formación permanente de quienes sirven en distintos ámbitos pastorales. No podemos permitirnos la ignorancia ni la negligencia. El cuidado de los más vulnerables no es una tarea secundaria, sino una prioridad que debe atravesar todas nuestras estructuras y decisiones.

De cara al 1 de junio, y en el contexto celebrativo de la Ascensión del Señor, se nos recuerda que Cristo no se desentiende de nuestra historia. Su partida al cielo no es abandono, sino envío. Nos confía el mundo, las personas, las comunidades. Nos confía especialmente a quienes más han sufrido. Cada herida que no atendemos es una omisión del Evangelio.

El rostro de la Iglesia necesita ser purificado, no por estrategias de imagen, sino por la conversión sincera de sus miembros. Solo así quienes han sido heridos podrán encontrar un camino real hacia la sanación. Y solo así, como cuerpo eclesial, seremos signo de esa luz que no se apaga, aun en medio de las tinieblas.

Esta Jornada debe ser un acto de humildad y de memoria activa. Recordar a las víctimas es darles voz, lugar, dignidad. Es asegurarles que no están solas, que su historia no será olvidada, y que su sufrimiento ha despertado una conciencia nueva en el Pueblo de Dios.

Que esta fecha no se viva como una obligación impuesta, sino como una gracia que nos despierta y transforma. Que la luz que viene de lo alto nos fortalezca para seguir construyendo una Iglesia más vigilante, más humana, más fraterna y cada vez más fiel al corazón del Señor.

Fermento 374. Martes 27 de mayo, 2025

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