San Juan Bautista nos deja el testimonio de una conversión continua

Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista.
Martes 24 de junio de 2025.

Fiesta Patronal Comunidad filial de San Juan, Parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Florencia, 6:00 p.m.

Hermanos todos en el Señor:

En este día tan significativo para ustedes, comunidad de San Juan de Florencia, celebramos la solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista, la “voz que clama en el desierto” (Isaías 40,3), precursor del Mesías y faro luminoso para nuestra fe. Los textos bíblicos que nos propone la liturgia nos invitan a profundizar en la misión, el ejemplo y el testimonio de quien, desde el seno de su madre Isabel, “estaba lleno del Espíritu Santo” (Lucas 1,15), y cuyo nacimiento fue motivo de gran esperanza y alegría para Israel (Lucas 1,58).

En la primera lectura de Isaías, resuena la llamada del Señor: “Tú eres mi siervo, Israel, en quien me glorificaré”. Aunque este pasaje se refiere primordialmente al pueblo elegido, podemos verlo también en la figura de Juan: Dios lo llamó desde el vientre materno para una misión única y decisiva. El profeta anuncia que el siervo se convertirá en luz de las naciones y portador de la salvación hasta los confines de la tierra. San Juan Bautista, en su radical entrega, nos enseña que la comunión con Dios no es cosa teórica ni mera emoción: es obediencia gozosa que nos hace canales de misericordia y portavoces de la verdad de Cristo.

El salmo responsorial nos revela las entrañas mismas del Dios que llama y acompaña: “Tú has creado mis entrañas; me has tejido en el seno de mi madre”. Con esta misma ternura, Dios forjó a Juan; con este mismo cuidado, nos modela a cada uno de nosotros. Cuando Isabel reconoce en su hijo el cumplimiento de la promesa divina, experimenta el asombro de un Dios que no se distancia de nuestra fragilidad, sino que la abraza y la dignifica. Así, San Juan Bautista nos recuerda que nuestra identidad no se reduce a logros humanos, sino que es don gratuito y sagrada tarea.

La segunda lectura de los Hechos de los Apóstoles presenta a Juan como último profeta del Antiguo Testamento y primer testigo del Nuevo. San Pablo proclama que Juan preparó el camino al Señor con un mensaje de arrepentimiento y conversión, pero él mismo no quiso apropiarse de la gloria de Cristo: señaló claramente al “Cordero de Dios” (Juan 1,29), en humilde rebajamiento de su propio protagonismo. En este punto radica su ejemplo más elocuente: quien se reconoce llamado a una misión no busca poder, sino servicio; no anhela reconocimiento, sino hacer que otros reconozcan a Aquel que nos da la vida.

El Evangelio de Lucas describe con sencillez y belleza el nacimiento de Juan. La alegría se convierte en asombro cuando la gente acude de todos los confines de la región para contemplar al niño que cambiará el rumbo de la historia. El significado del nombre Juan, “Dios es misericordioso”, revela la esencia misma del Bautista: anunciar al Dios cercano, despertar en los corazones la esperanza y el arrepentimiento. Y es que Juan creció “fortalecido en espíritu” en el desierto: un espacio de silencio, de encuentro interior, de purificación. Allí aprendió a escuchar la voz de Dios y a traducirla en gestos de conversión y justicia.

La vida de San Juan Bautista tiene consecuencias muy concretas para nosotros hoy. Primero, su misión de “preparar el camino del Señor” nos interpela a preguntarnos: ¿cómo nos hemos alejado de Dios y de los hermanos? ¿Qué actitudes y estructuras necesitan ser purificadas en nuestro entorno? La autenticidad de nuestra fe se mide en nuestro compromiso con los pobres y los olvidados. San Juan alzó su voz contra la corrupción y la injusticia precisamente porque su celo por la ley de Dios lo hacía solidario con quienes sufrían opresión. Nosotros, imitando su valentía, hemos de transformar y renovar nuestra comunidad; así preparamos el camino del Señor.

En segundo lugar, el “ejemplo” de Juan nos impulsa a vivir la humildad radical. Él no buscó seguidores para sí mismo, sino para Jesús; no pretendió convertirse en líder, sino en portavoz. En una época de redes sociales y autopromoción, su testimonio de sencillez y discreción nos desafía a ser auténticos: a dejar que nuestras obras hablen más que nuestras palabras, a preferir la verdad sencilla antes que la apariencia vacía. Cada acto de caridad escondida, cada ofrenda de perdón callado, se convierte en eco de la voz del Bautista.

Asimismo, San Juan Bautista nos deja el testimonio de una conversión continua. En el desierto, lejos de las comodidades, reconoció sus propias limitaciones y vivió un arrepentimiento que no se agotó con un gesto puntual, sino que lo acompañó hasta el final: su martirio. La comunidad de San Juan de Florencia está llamada a cultivar en su vida comunitaria espacios de silencio, de examen de conciencia, de conversión permanente. Solo así seremos más fieles al Señor que nos invita a cambiar el corazón.

La fiesta patronal adquiere, en este contexto, un carácter misionero: no solo se trata de celebrar ritualmente, sino de reavivar la pasión por la Iglesia en salida. Que la alegría de estos días nos motive a llevar vida allá donde hay muerte, palabra allá donde reina el silencio, consuelo allá donde impera la desesperanza. Renovemos nuestro compromiso bautismal: ser sal y luz en los hogares, el trabajo, la escuela, el colegio; construir puentes de fraternidad y romper muros de indiferencia.

Hoy, al contemplar la vida y testimonio del Bautista, recordemos que también él fue discípulo: un hombre entregado, dispuesto a morir antes que traicionar la verdad. En un mundo que valora el éxito a cualquier precio y silencia a quienes se atreven a denunciar el mal, el testimonio de San Juan se alza como lámpara que señala el norte de la justicia y la misericordia.

Como comunidad, comprometámonos a hablar con verdad, a predicar con obras, a ser levadura viva en la masa, con la humildad y el coraje de aquel que solo quiso mostrar al Cordero de Dios.

Que San Juan Bautista interceda para que la comunidad de San Juan de Florencia sea siempre un lugar de encuentro con Dios y un espacio de amor fraterno. En su nombre, emprendamos una nueva experiencia de fe, marcados por el impulso de servir y la alegría de anunciar el Evangelio, hasta que, al final de nuestros días, como él, lleguemos a la presencia de Cristo, Luz verdadera. Que así sea, amén.

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