Se cumplen 10 años desde que el Papa Francisco instauró la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación que se celebra cada 1 de setiembre. Para este año, el tema escogido por él mismo fue “Semillas de paz y esperanza”.
Al respecto, el Papa León XIV publicó un mensaje, recordando que estamos en el Año Jubilar de la Esperanza y que se cumplen diez años de la publicación de la Encíclica Laudato Si’. A pesar de estos acontecimientos, el cuidado de la creación no parece estar en el orden de prioridades de un mundo consumista, materialista y tendiente al relativismo.
La creación no es un recurso inagotable ni una simple bodega de consumo humano; es un regalo sagrado que hemos recibido para cuidar, respetar y transmitir a las generaciones futuras. La tierra, el agua, el aire, cada especie animal y vegetal son parte de un delicado equilibrio que sostiene la vida. Dañar cualquiera de sus elementos es como herir nuestro propio cuerpo. No podemos seguir actuando como si la naturaleza fuera un depósito sin fondo para nuestros caprichos.
Precisamente, el Papa León XIV dice con motivo de esta Jornada: “la propia naturaleza se convierte a veces en un instrumento de intercambio, en un bien que se negocia para obtener ventajas económicas o políticas. En estas dinámicas, la creación se transforma en un campo de batalla por el control de los recursos vitales, como lo demuestran las zonas agrícolas y los bosques que se han vuelto peligrosos debido a las minas, la política de la tierra arrasada, los conflictos que se desatan en torno a las fuentes de agua, la distribución desigual de las materias primas, que penaliza a las poblaciones más débiles y socava su propia estabilidad social”.
El ser humano, con su inteligencia y capacidad de transformar, tiene también la responsabilidad moral de proteger la creación. No somos dueños absolutos, somos administradores llamados a ejercer un cuidado responsable. Nuestras decisiones —desde lo que compramos, consumimos o desechamos— impactan directamente en la salud del planeta. No podemos pretender una vida digna si destruimos el hogar que la sustenta.
Cada animal que desaparece, cada bosque talado, cada río contaminado es una voz de la creación que se apaga, y también una advertencia. La biodiversidad no es un lujo; es la base que garantiza nuestra propia supervivencia. Defender la fauna y la flora no es una moda ambientalista, es una urgencia vital. Si dejamos que se pierdan, no solo quedarán en los libros, también se llevará consigo parte de la vida que necesitamos para existir.
El cuidado de la creación exige compromisos y acciones más que palabras bonitas o campañas ocasionales, a propósito del inicio oficial de la campaña electoral. Sin embargo, no estaría mal escuchar propuestas concretas en un plan de gobierno que nos hablen del cuidado de la creación y la sostenibilidad de nuestros recursos.
Necesitamos cambiar hábitos, reducir el desperdicio, apostar por energías limpias, respetar la vida animal y proteger los ecosistemas. La conciencia no puede quedarse en un discurso: debe traducirse en acciones concretas, diarias y colectivas. Porque cuidar la creación es cuidar nuestra propia vida, y en ello no hay tiempo que perder. Se trata de una responsabilidad ante Dios y sus designios al crearnos y poner el mundo creado bajo nuestro cuidado.
Fermento 387. Martes 26 de agosto, 2025
