Fiesta patronal San Francisco de Asís.
Parroquia Los Chiles, viernes 4 de octubre 2024, 10:00 a.m.
Queridos hermanos en el Señor:
Doy gracias a Dios por estar nuevamente entre ustedes y celebrar esta solemne fiesta en honor de San Francisco de Asís, patrono de esta comunidad de Los Chiles y de los frailes que tienen sus fraternidades acá en Los Chiles y en El Pavón. Saludo y felicito sinceramente a los frailes franciscanos en este día; y aprovecho la ocasión para reconocer y agradecerles el servicio pastoral en favor de estas dos parroquias. Les saludo a todos ustedes hermanos, miembros de esta querida comunidad de Los Chiles. Saludos de paz y bien para todos.
Celebramos hoy a uno de los Santos más pequeños y grandes, a la vez, que ha tenido la Iglesia, y a quien le tocó vivir una época difícil y relajada entre 1182 y 1226, periodo de los 44 años que vivió. Celebramos la santidad de Dios plasmada y consumada en Francisco de Asís, pues la santidad es don y regalo de Dios; la santidad es nuestra vocación común como bautizados, por tanto, todos estamos llamados a ser santos desde las realidades, situaciones y circunstancias que vivimos diariamente. Francisco entendió esto y, después de su conversión, lo asumió con toda radicalidad, seriedad y generosidad.
La palabra de Dios proclamada nos ilumina en esta fiesta de San Francisco y, al mismo tiempo, nos invita a asumir el legado de santidad que el Pobre de Asís nos dejó, y que sigue teniendo una actualidad y vigencia indiscutibles. El evangelio de Mateo nos permite constatar que Francisco fue el humilde y sencillo por excelencia. En el texto, Jesús da gracias y alaba al Padre porque ha revelado las cosas del Reino a la gente sencilla y nos invita a aprender de Él que es manso y humilde de corazón. En la sencillez y humildad de corazón está la clave para convertirnos y santificarnos. La humildad y la sencillez son el terreno más fértil y propicio para que la gracia de Dios dé fruto abundante. Y esto fue lo que ocurrió en la vida y testimonio de Francisco. La sencillez y la humildad nos hacen dóciles y obedientes a la voluntad de Dios.
La segunda lectura del apóstol Pablo a los gálatas nos hace ver que para Francisco la cruz y la pasión de Cristo fueron su verdadera gloria, no las cosas de este mundo. Entendió y vivió perfectamente lo que decía el apóstol: “Líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”. Luego de su conversión, Francisco renuncia a todas las pompas y glorias humanas. Más adelante, en 1224, queda marcado con los estigmas de la pasión, en una particular identificación con Jesucristo. El pasado 17 de setiembre se celebraron los 800 años de esta gracia recibida por el Santo en el monte de La Verna, en la Toscana italiana. A este propósito, ustedes han reflexionado estos días y enmarcado esta fiesta bajo el lema “De las heridas nueva vida”, que nos recuerda aquel texto de “por sus llagas hemos sido curados” (1 Pedro, 2, 24). Las llagas de Cristo son signo de salvación, redención y amor infinito; y San Francisco estuvo marcado especialmente por ellas.
Finalmente, la primera lectura del libro del Eclesiástico nos permite descubrir que Francisco fue reformador y reconstructor de la Iglesia. Como decía el texto, “Es aquel que en su tiempo reparó el templo y afianzó el santuario”. No solo de la destruida iglesia de San Damián, en Asís, sino de toda la Iglesia, tan decaída en su tiempo. Y lo hizo con su testimonio de pobreza, autenticidad, fidelidad y radicalidad. Inspiró toda una reforma y renovación en medio de tanta decadencia y anti-testimonio de su tiempo. La Iglesia siempre se renueva por el buen testimonio y el ejemplo de santidad de sus hijos.
Sin duda alguna, hermanos, San Francisco fue un santo pobre y humilde, pero, al mismo tiempo, un santo grande, completo y universal, pues predicó la grandeza y sublimidad del amor de Dios como el centro de su vida y de todo el mensaje cristiano. Predicó y dio testimonio de la paz, la libertad, la fraternidad y la armonía, en sintonía con todo lo creado; por ello llamaba hermano o hermana a cada persona, cosa o creatura. Todo en la creación nos habla del amor infinito de Dios, por ello, Francisco dedicó su vida a predicar y a dar testimonio de esta gran verdad; lo hacía con vehemencia y consciencia, casi fuera de sí, sumido en el misterio del amor de Dios. El hecho de sentirse infinitamente amado por el Señor, lo llevó a amar y a sentir hermano y hermana a toda creatura.
Todavía hoy nos impresiona cómo la vida y testimonio de Francisco impactan en nuestra actualidad, sobre todo por su radicalidad, autenticidad, pobreza, humildad y confianza en Dios. Destaca su capacidad de ser fraterno y vivir la minoridad con todas sus consecuencias ¿Por qué todo mundo en su tiempo buscaba a Francisco y por qué perdura hasta hoy? Sencillamente porque él fue imagen y presencia viva de Jesucristo; por ello fue testimonio auténtico de santidad; por eso hizo opción radical y total por Jesús, “Mi Dios y mi todo”, decía. “El lote de mi heredad”, como exclamaba el salmo 15, proclamado en esta celebración. Ser cristiano es ser otro Cristo, y esa fue la más genuina experiencia de Francisco de Asís. De allí su impacto, su legado duradero y su credibilidad más allá del tiempo e incluso de la misma Iglesia.
Al recordar y celebrar hoy a San Francisco, cuánto hemos de pedir al Señor ser más pacíficos y humildes, en medio de tanta violencia y autosuficiencia. Pedir ser más fraternos, en medio de tanto egoísmo e individualismo. Ser más conscientes de la presencia amorosa de Dios en todo el universo y la obra creada, en medio de tanto irrespeto a la vida, a la dignidad de las personas y a la casa común que Dios nos ha dado a todos y para todos. Si al menos asumiésemos algo de estas virtudes del Santo de Asís, inspiradas en el Evangelio de Jesús, nuestro mundo y nuestra humanidad serían mejores, más pacíficos y fraternos, más allá de tanto mal e injusticia que sufrimos hoy en día.
Pidamos en esta Eucaristía que, inspirados en la vida y testimonio de santidad de Francisco, seamos más pobres y sencillos de corazón, más unidos a la cruz del Señor que expresa la totalidad de su amor, más instrumentos de paz y bien, más santos y auténticos; en una palabra, pidamos ser más semejantes a Jesucristo como lo fue San Francisco de Asís. Que así sea, amén.
