Ser Iglesia es hacerlo visible con nuestras manos que aman

Celebración de la Confirmación según la Misa Ritual del Sacramento. Sábado 21 de junio de 2025.

Parroquia San Francisco de Asís, Los Chiles, 10:00 a.m. Memoria litúrgica de San Luis Gonzaga.

Hermanos todos en el Señor, especialmente queridos confirmandos:

Nos hemos congregado en esta querida Parroquia San Francisco de Asís, en esta frontera norte, donde tantos rostros buscan refugio y esperanza, para celebrar el Sacramento de la Confirmación en la memoria litúrgica de San Luis Gonzaga. Los textos que hoy hemos escuchado -la profecía de Isaías, el cántico de alabanza del salmista, el testimonio de Felipe en los Hechos de los Apóstoles y las palabras consoladoras de Jesús en el Evangelio de San Juan- coinciden en un mismo mensaje: el Espíritu Santo renueva, sostiene y envía a la misión.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos ha dicho: “El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque el Señor me ha ungido; me ha enviado a evangelizar a los pobres, a sanar a los contritos de corazón…”. Esta unción profética encuentra en el Sacramento de la Confirmación su configuración plena: con el óleo perfumado y la imposición de manos, el mismo Cristo, Sacerdote Eterno, consagra a sus discípulos para la misión. En el rito, el óleo se convierte en signo sensible del don del Espíritu, nos hace partícipes del sacerdocio, profetismo y realeza de Jesús; y la imposición de manos remite al gesto de los Apóstoles que, a través de Pedro y Juan, transmitieron aquel fuego divino a los nuevos creyentes de Samaria, como escuchamos en la segunda lectura.

Al recibir hoy este sacramento, ustedes, queridos confirmandos, sienten la trascendencia y la belleza de tres signos fundamentales: la unción con el santo crisma, la imposición de manos y las palabras sacramentales: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”. Cada uno de estos signos no es meramente simbólico, sino una realidad viva de fe: el crisma imprime carácter indeleble, sello espiritual que queda marcado en el alma; la imposición de manos abre los canales de la gracia; y la fórmula sacramental invoca al Espíritu para que habite en nosotros con la abundancia de sus dones.

Pero, más allá de esta belleza ritual, la Confirmación comporta desafíos concretos para la vida cristiana. El primero: perseverar en la fe: No basta con recibir un sacramento, hace falta mantener encendida la lámpara de la fe, día tras día. En un contexto como el nuestro, donde tantas dificultades sacuden la esperanza -la migración forzada, la violencia que acecha en la sociedad, las familias separadas-, la perseverancia se convierte en testimonio concreto. Caminar con Cristo implica levantarse cuando la duda golpea; buscar a Dios en la oración, aunque parezca silencioso; sostener el amor fraterno, aunque nos falten fuerzas. San Luis Gonzaga, joven que vivió apenas veintitrés años, supo perseverar en su entrega a los enfermos de Roma durante la peste de 1591, poniendo en riesgo su propia vida. Con humildad y amor, no retrocedió ante el contagio, y así nos enseña que la fe verdadera se demuestra en los momentos de prueba.

El segundo desafío es permanecer en la Iglesia: La Parroquia, la comunidad cristiana es el hogar que nos acoge en la Iglesia, comunidad viva del Cuerpo de Cristo. En ella recibimos la Palabra, el Pan eucarístico, el perdón de los pecados. Pero permanencia no significa pasividad: ser Iglesia es hacerlo visible con nuestras manos que aman, con nuestros brazos que sostienen, con nuestras voces que proclaman. Permanecer en la Iglesia conlleva participar activamente en la vida parroquial: en la catequesis, la liturgia, las obras de caridad, los grupos parroquiales, sobre todo juveniles, en la solidaridad con los más pobres y marginados.

El reto fundamental que hoy les lanza el Señor es el testimonio de fe como discípulos misioneros. Jesús, antes de ascender al cielo, envió a sus discípulos a predicar a todas las naciones, asegurándoles su presencia permanente: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28,20). El Espíritu Santo, que van a recibir dentro de poco, es el mismo que inspiró a san Francisco de Asís a reparar la Iglesia con su vida de pobreza y alegría; y a san Luis Gonzaga a consagrar su juventud al cuidado de los enfermos. Ustedes están llamados a continuar esa historia de testimonio y santidad. ¿Cómo? Con gestos sencillos pero significativos: una palabra de aliento en el colegio o el barrio, un trozo de pan compartido con quien no tiene qué llevarse a la boca, una oración por quienes han perdido su hogar o su familia. En la frontera norte, donde el drama de la migración se hace carne en cada rostro, cada gesto de acogida, cada vez que ofrecemos agua, cobijo o acompañamiento, se revela el rostro de Cristo y hacemos vida nuestra fe.

Permítanme proponer tres ejemplos concretos, inspirados en la vida de San Luis Gonzaga, para vivir su Confirmación a partir de hoy:

1.- La oración confiada y frecuente: El joven Luis se levantaba temprano para encontrarse con Jesús en la capilla. Ustedes pueden dedicar unos minutos cada día a la lectura breve del Evangelio y al silencio interior. Así, el Espíritu del Señor “ungirá” sus corazones con consuelo y fortaleza (Isaías 61,3).

2.- La solidaridad con los más necesitados: San Luis no despreció a los enfermos; por el contrario, les ofreció su servicio y su humanidad. Aquí, en la Parroquia, pueden organizar grupos para promover la salud, recolectar alimentos, ofrecer acogida y acompañamiento emocional a las familias migrantes. Con cada acto de amor, el Espíritu Santo se hace visible.

3.- El testimonio coherente: Si de verdad profesan la fe, que se note en sus decisiones cotidianas: en el respeto a la vida, en la justicia con sus compañeros, en la verdad de sus palabras. Que nadie se pregunte en qué o en quién creen; que lo comprueben al mirar cómo viven, cómo sirven y cómo aman desde su fe en Dios.

Confirmandos, hoy reciben el magnífico don que Jesús prometió: su Espíritu Santo, abogado y santificador. Él es maestro, consolador y defensor; él les recordará que, cada vez que ayudan a un hermano, cada vez que sostienen a una madre migrante con una sonrisa, hacen memoria de Él. Sean como San Luis Gonzaga: cristianos valientes, enamorados de la cruz, servidores de los más desprotegidos, testigos humildes y firmes del Evangelio.

Que Nuestra Madre, la Virgen María, modelo de total adhesión al Espíritu Santo, los acompañe siempre. Que San Francisco de Asís, patrono de esta comunidad, y San Luis Gonzaga, ejemplo de juventud entregada, intercedan por ustedes. Vayan siempre adelante sin miedo y con ánimo renovado, pues el Señor es siempre fiel. Finalmente, alimentados por la Eucaristía y guiados por el Espíritu Santo, sean luz en medio de las tinieblas, sal que dé sabor y fermento que impulse siempre la esperanza. Que así sea, amén.

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