Ser santos no significa ser perfectos

II Domingo Tiempo Ordinario. 18 de enero de 2026.

Basílica Nuestra Señora de los Desamparados, Valencia, España, 1:00 p.m.

En este II Domingo del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios nos invita a contemplar y confesar a Jesús como el Cordero de Dios, a dejarnos renovar por Él, a dar testimonio de fe y vida. Se trata de una invitación concreta, dirigida a cada uno de nosotros, en nuestra realidad cotidiana. Hoy, el mensaje de la Palabra nos recuerda que somos llamados y enviados con una misión específica y acompañados por su gracia.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos presenta la figura del siervo del Señor, formado desde el seno materno para una tarea concreta: ser instrumento de la gloria de Dios y luz para las naciones. Sin duda un preanuncio de Jesús, el Siervo y Mesías que habría de venir. A semejanza de Jesús, el Siervo elegido, este pasaje nos recuerda que Dios nos ha creado con un propósito, nos ha pensado desde siempre y nos ha dado dones para ponerlos al servicio de los demás. Dios nos dice hoy: “Tú eres mi siervo, en ti me glorificaré”. Cada uno, con su historia, con sus luchas, con sus heridas y capacidades, puede convertirse en un testimonio de la luz de Dios en medio del mundo.

El Salmo 39 nos ayuda a comprender cómo debe ser nuestra respuesta: una respuesta de confianza, de escucha y de disponibilidad. “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. No se trata de una obediencia ciega, sino de una entrega nacida del encuentro personal con un Dios que escucha nuestro clamor.

San Pablo, en la segunda lectura, al saludar a la comunidad de Corinto, nos recuerda que somos “santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos”. La santidad no es un privilegio de unos pocos, ni una meta inalcanzable. Es una vocación universal, un camino que se recorre día a día, en lo sencillo, en lo cotidiano, en la fidelidad a las pequeñas cosas. Ser santos no significa ser perfectos, sino dejarnos amar por Dios y permitir que ese amor transforme nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestro modo de vivir.

El evangelio nos presenta a Juan el Bautista como gran testigo. Él no se coloca en el centro; su misión es señalar, llevar a Jesús. Por ello proclama: “Este es el Cordero de Dios”. Juan reconoce a Jesús no por méritos humanos, sino porque Dios se lo ha revelado: ve al Espíritu descender y permanecer sobre Él. Así, su testimonio no nace de una opinión personal, sino de una experiencia viva de fe.

Llamar, proclamar y confesar a Jesús “Cordero de Dios” es profundamente significativo. En la tradición bíblica, el cordero era signo de sacrificio, de liberación y de alianza. Por ello, Jesús no viene a condenar, sino a cargar con el pecado, a sanar lo que está roto, a reconciliarnos con el Padre. Nos ama tal como somos, pero no nos deja como estamos: nos transforma desde dentro hacia una vida nueva.

Juan añade algo esencial: “Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar me dijo…”. Esto nos recuerda que la fe no es solo conocimiento intelectual, sino un encuentro vivo y personal con Jesús. También nosotros podemos decir muchas veces: “Yo no lo conocía”, hasta que una experiencia concreta, una palabra, una prueba o una gracia nos hace descubrir quién es realmente Jesús.

Además, el Bautista afirma: “Éste es el Hijo de Dios”. No se trata solo un profeta más, ni un líder espiritual. Es el Hijo amado del Padre, lleno del Espíritu Santo. Por eso puede darnos vida nueva, perdón verdadero, esperanza firme y, en definitiva, salvación.

Hermanos, el evangelio de este domingo nos invita a tres actitudes puntuales y concretas: 1.- Mirar a Jesús: detenernos para contemplarlo y reconocerlo como el centro y sentido último de nuestra vida. Muchas veces miramos de todo menos a Él; centrémonos en el Señor. 2.- Dejarnos liberar por Jesús: se trata de permitir que quite nuestro pecado, nuestras culpas, nuestros miedos. De mucho necesitamos liberarnos por el Señor. 3.- Dar testimonio de fe y vida: como el Bautista, no somos protagonistas, pero sí testigos. Nuestra vida debe señalar a Cristo: mostrarlo sin complejos ni temores a los demás; llevar a muchos hacia Él.

Hermanos peregrinos, para nosotros este mensaje es especialmente fuerte. Peregrinar es buscar, y hoy se nos muestra claramente a quién hemos de buscar: al Cordero de Dios que nos salva. Él camina con nosotros, nos sostiene y nos renueva. Pidamos la gracia de reconocer a Jesús como el Cordero de Dios, de dejarnos tocar por su amor y de vivir como verdaderos testigos suyos en medio del mundo.

Esta peregrinación es una oportunidad para renovar nuestra fe, para dejar atrás cargas innecesarias, resentimientos, miedos y culpas. Es un tiempo de gracia para experimentar que no caminamos solos, que somos Iglesia, comunidad de hermanos que se apoyan y se animan mutuamente.

Hermanos, como conclusión, la Palabra de Dios de este domingo nos invita seguir a Jesús no solo con palabras, sino con la vida. Llamado a anunciarlo, no tanto con discursos, sino con nuestro testimonio de vida, con nuestras propias actitudes. Por ello, que quienes nos vean puedan decir: ahí hay alguien que conoce al Señor, que vive con esperanza, que ama de verdad.

Pidamos a Jesús en esta Eucaristía la gracia de reconocerlo como el Cordero de Dios, de dejarnos mirar por Él y de atrevernos a seguirlo con firmeza y fidelidad. Que esta peregrinación sea para todos nosotros un encuentro verdadero con Cristo y un nuevo envío a ser luz para los demás a través de nuestro testimonio de vida.

Así sea, amén.

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