Servir es entregar la vida

Ordenación diaconal del acólito Isaías Antonio Hidalgo Solano, Sábado 7 de febrero de 2026.

Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Hermanos todos en el Señor, queridos presbíteros, diáconos, seminaristas, familiares y amigos, y de manera muy especial tú, Isaías Antonio Hidalgo Solano, que hoy presentas tu vida para ser configurada sacramentalmente con Cristo, el Siervo de Dios. Para todos, un saludo de gracia y paz en el Señor, en este día de alegría y gratitud que vivimos como Iglesia Particular de Ciudad Quesada.

La Palabra de Dios que se nos ha proclamado ilumina de manera profunda y providencial este momento de gracia. Esta celebración se trata de una acción poderosa de Dios que llama, envía, ordena y compromete para siempre. Isaías, hoy el Señor te introduce sacramentalmente en el ministerio del diaconado, es decir, en el misterio del servicio y la entrega.

En la primera lectura, el libro de los Números nos ha presentado cómo Dios escoge a la tribu de Leví para un servicio específico en favor del pueblo y del santuario, por ello dice a Moisés: “Los pondrás al servicio de Aarón y de sus hijos, para que ejerzan el ministerio del santuario”. No se trata de un privilegio entendido en clave humana, sino de una elección para cargar sobre los hombros el peso del cuidado, de la responsabilidad y de la entrega. El diaconado, desde esta perspectiva bíblica, es sinónimo de servicio, y el servicio auténtico será siempre sinónimo de entrega.

Servir no es simplemente hacer cosas; es entregar la vida. Servir no es ocupar un lugar; es asumir una misión. Servir no es buscar reconocimiento; es aceptar, muchas veces, el anonimato fecundo, el sufrimiento silencioso y la incomprensión injusta. Por eso, querido Isaías, el diaconado que hoy recibes no es un reconocimiento, sino una forma muy particular de ser y actuar. A partir de ahora, tu vida entera está llamada a convertirse en un signo visible de Cristo siervo y servidor, de Jesús que se abaja y lava los pies, del Señor que se inclina ante la fragilidad humana y que da la vida totalmente por amor; repito, por amor, por ninguna otra razón o motivación.

El Salmo 83 expresa el deseo más profundo del corazón: “Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor”. Isaías, antes de ser diácono, ministro y servidor, estás llamado a ser un hombre enamorado de Dios. Un hombre cuya vida interior sostenga su actividad exterior. Un hombre que encuentre en la oración no una obligación, sino una necesidad, un consuelo y una fortaleza. Sólo quien permanece en Dios puede servir sin agotarse, amar sin endurecerse y entregarse sin perder la alegría.

El ministerio ordenado, y de manera particular el diaconado, es una dedicación exclusiva: Dios te aparta para Él, para su servicio y para su pueblo. Pero esta dedicación no te aleja de la realidad; al contrario, te introduce más profundamente en las heridas, dolores y esperanzas de la humanidad. Serás enviado a acompañar, escuchar, sostener, animar, anunciar, servir en el altar y fuera de él. Todo esto exige una exclusividad ministerial real, concreta, perseverante y total. La exclusividad del ministerio exige lealtad y fidelidad siempre.

Lealtad a Dios, incluso cuando el camino se haga cuesta arriba. Lealtad a la Iglesia, incluso cuando experimentes límites humanos. Lealtad a tu propia vocación, incluso cuando aparezcan dudas o cansancios. La fidelidad cotidiana, vivida en lo pequeño, es el cimiento de una vida ministerial fecunda en frutos apostólicos y de santidad.

El pasaje de los Hechos de los Apóstoles, en la segunda lectura, nos recuerda el corazón del anuncio cristiano: Jesús pasó haciendo el bien, sanando, liberando, levantando a los caídos, y fue testigo fiel del amor del Padre hasta la cruz. Isaías, esa misma inspiración y dinamismo debe marcar tu vida de servicio para siempre. Un diácono no es un funcionario de lo sagrado, sino un testigo del Resucitado. Es un hombre que puede decir con su vida: “Lo que he visto, lo que he oído, eso anuncio”.

Hoy la Iglesia enfrenta desafíos urgentes que también tocan de lleno al ministerio ordenado; me parece que esto se refiere a tres categorías de capital importancia como la identidad, la autenticidad y la fidelidad. Identidad, para no olvidar nunca quién eres: discípulo antes que ministro, creyente antes que servidor, hijo antes que representante. Autenticidad, para que no exista contradicción entre lo que proclamas y lo que vives. Y fidelidad, para permanecer firme y constante en el amor divino y en la propia vocación, aun cuando los vientos sean contrarios.

Por eso, lo primordial en el ministerio ordenado será siempre ser hombre de Dios y hombre de Iglesia. Hombre de Dios, que cultiva una relación viva con el Señor, que escucha su Palabra, que se deja corregir y sanar. Hombre de Iglesia, que ama a la comunidad concreta que se le confía, que camina en comunión, que no se aísla, que sabe obedecer y colaborar con disponibilidad y sentido sobrenatural de fe.

El Evangelio de San Juan nos ha presentado a Jesús como el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas, que da la vida por ellas y que no huye ante el peligro. Isaías, esta imagen ha de iluminar e inspirar de manera muy especial tu vocación. Estás llamado a aprender el estilo del Buen Pastor: cercanía, ternura, firmeza, compasión y valentía. Has sido llamado a un ministerio que es expresión viva del mismo corazón pastoral de Cristo: un corazón que ama hasta el extremo. Servir es amar y amar supondrá siempre servir.

Isaías, vive tu ministerio con verdadera alegría. No una alegría superficial, sino una alegría profunda, que nace de saberse amado por Dios y enviado por Él. Tendrás días luminosos y oscuros, momentos de consuelo y de prueba. Pero, recuerda que en todos ellos no caminas solo. El Señor que hoy te llama es el mismo que te sostendrá mañana y siempre.

Mira siempre a María, la servidora fiel, la que dijo “hágase” sin reservas, la que acompañó en silencio y permaneció firme al pie de la cruz. Que ella te enseñe a servir sin protagonismos, a amar sin condiciones y a confiar sin límites. San Carlos Borromeo te inspire con su grande y humilde corazón de pastor. Que este día quede grabado en tu corazón como el comienzo de una historia de amor entre tú y Dios, vivida en el servicio a su pueblo que es la Iglesia. Y que cada día puedas repetir, con humildad y convicción: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Que Él te ayude y anime con su gracia hoy y siempre. Así sea, amén.

ÚLTIMAS NOTICIAS