Fiesta patronal en honor de Nuestra Señora de Lourdes 2026.
Parroquia Boca de Arenal, miércoles 11 de febrero, 6:00 p.m.
Hermanos todos en el Señor:
Hoy es un día de profunda alegría para esta comunidad parroquial de Boca de Arenal. Celebramos a su patrona, Nuestra Señora de Lourdes, la Madre que camina con nosotros, que nos acoge bajo su manto y que nos recuerda constantemente que Dios no abandona a su pueblo. Esta fiesta patronal no es solamente una fecha en el calendario anual; es un momento de gracia, de renovación espiritual y de revisión sincera de nuestra vida como comunidad cristiana.
Las palabras del profeta Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura, hoy resuenan con fuerza: “Alégrense con Jerusalén y regocíjense por ella todos los que la aman”. La imagen que presenta el profeta es la de una madre que consuela, alimenta y sostiene. Así se nos revela Dios: como un Padre-Madre que no se cansa de cuidar a sus hijos. Y así también contemplamos a María, la Madre del Señor, que prolonga en la historia esa ternura de Dios. La parroquia está llamada a ser como esa Jerusalén anunciada por Isaías: un lugar donde los cansados encuentren descanso, los heridos hallen consuelo y todos se sientan en casa.
Celebrar la fiesta patronal implica reconocer con gratitud el camino recorrido, pero también asumir con responsabilidad los retos y desafíos del presente. La realidad actual nos desafía con el individualismo, la indiferencia, la pobreza, la migración, la violencia, las heridas familiares, la falta de compromiso de muchos bautizados. Frente a todo esto, María de Lourdes nos recuerda que no estamos solos. Ella nos señala a su Hijo y nos dice, como en Caná: “Hagan lo que Él les diga”. Esta es la clave para renovar la parroquia: escuchar a Jesús, confiar en su palabra y ponerla en práctica.
El Evangelio de las bodas de Caná nos presenta a María como una mujer atenta, sensible a las necesidades concretas. Ella se da cuenta de que falta el vino, símbolo de la alegría, de la fiesta y de la vida en plenitud. También hoy, María ve que en muchos hogares falta el vino de la esperanza, del amor, del perdón y del sentido de la vida. Y como entonces, ella intercede por nosotros. Ella no resuelve el problema por sí sola, sino que siempre nos lleva a Jesús. María no se coloca en el centro; su misión es conducirnos siempre al Señor.
Esta actitud de María es todo un llamado para la parroquia. Estamos invitados a ser una comunidad que sabe mirar la realidad, que no se desentiende del sufrimiento de los demás, que no se encierra en sí misma. Una parroquia mariana debe ser una comunidad parroquial cercana, compasiva y solidaria. Una parroquia que acompaña a los enfermos, a los ancianos, a los pobres, a los jóvenes, a las familias y a quienes se sienten lejos de la Iglesia.
Hoy, además, celebramos la Jornada Mundial de los Enfermos, instituida por san Juan Pablo II precisamente en la memoria de Nuestra Señora de Lourdes. Esto no es casualidad. Lourdes es conocida en todo el mundo como un lugar de sanación, consuelo y esperanza. En el año 1858, en la pequeña gruta de Massabielle, la Virgen se apareció a una joven sencilla, santa Bernardita Soubirous. No eligió a una persona poderosa ni influyente, sino a una niña pobre, humilde y de salud frágil. Con esto, Dios nos recuerda que su gracia se manifiesta de manera especial en la pequeñez y en la sencillez.
En Lourdes, María se presenta como la Inmaculada Concepción, pero, sobre todo, se manifiesta como Madre que invita a la conversión, la oración y la penitencia. Desde entonces, millones de peregrinos acuden a ese santuario buscando alivio para el cuerpo y para el alma. Algunos reciben curaciones físicas extraordinarias; muchos más reciben una paz interior, una fuerza nueva para enfrentar la enfermedad, una reconciliación con Dios y con los demás. Esto nos enseña que la sanación más profunda no siempre es la desaparición del dolor, sino la experiencia de sentirse amado y acompañado por Dios.
El libro del Apocalipsis, en la segunda lectura, nos ha mostrado hoy una imagen impresionante: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas. Esta mujer simboliza a la Iglesia como pueblo de Dios, pero también a María, que lucha, que sufre y da a luz en medio del dolor, pero que es protegida por Dios. María conoce el sufrimiento, por eso puede comprender bien a quienes padecen enfermedad, soledad o angustia.
Elevamos hoy una oración especial por todos los enfermos de la parroquia, de nuestras familias y del mundo. Pedimos por quienes están en cama, en hospitales o en sus casas; por quienes sufren enfermedades físicas, pero también por quienes cargan heridas emocionales. Le pedimos a Nuestra Señora de Lourdes que los cubra con su manto, los consuele, los fortalezca y que les haga sentir la cercanía de su Hijo Jesús.
Pero esta oración debe ir acompañada de gestos concretos. María no solo intercede; también nos impulsa a actuar. ¿Cómo podemos ser más cercanos a los enfermos? Tal vez con una visita, una llamada, una palabra de ánimo, una oración compartida, un pequeño servicio. A veces no podemos curar, pero siempre podremos amar. Y el amor sana de formas que muchas veces no comprendemos.
Queridos hermanos, celebrar hoy a Nuestra Señora de Lourdes como patrona parroquial significa renovar nuestra confianza en Dios y nuestro compromiso como comunidad. Pongamos bajo su protección los proyectos de la parroquia, las dificultades y esperanzas. Pidámosle que nos enseñe a ser una Iglesia viva, misionera y servidora, donde cada persona se sienta acogida y valorada. Que María, Madre de Lourdes, nos repita hoy al corazón: “Hagan lo que Él les diga”. Si escuchamos a Jesús y caminamos de su mano, el agua de nuestras limitaciones se convertirá en el vino nuevo de la esperanza. Así sea, amén.
