Si no nos amamos de verdad, no tenemos que ver nada con Jesús

Misa Vespertina de la Cena del Señor,

Jueves Santo 28 de marzo de 2024. Catedral de Ciudad Quesada, 6:00 p.m.

En la intimidad y sobriedad de este momento y de esta hora, con esta solemne Misa Vespertina de la Cena del Señor, nos encontramos en la introducción del sagrado triduo pascual que tendremos viernes, sábado santo y domingo de resurrección. Entramos en las horas y momentos cruciales de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Este es el atardecer que nos evoca los momentos íntimos e intensos del encuentro de Jesús con sus discípulos para dejarles su testamento supremo antes de entregar su vida. Esta memorable cena nos hace actualizar celebrativamente tres hechos profundos e impresionantes: 1.- La institución de la Eucaristía. 2.- La institución del sacerdocio ministerial. 3.- El lavatorio de los pies y el testamento del mandamiento supremo del amor.

Sin duda alguna, estos tres acontecimientos aglutinan el elemento clave que recoge la riqueza de esta celebración: la entrega redentora de Cristo que se ofrece a la muerte como cordero pascual y que, dejándonos el tesoro de la Eucaristía, nos fortalece con el alimento de su cuerpo y su sangre que ha entregado y derramado. Amor extremo y total, amor de entrega y servicio, amor que se abaja y se humilla. Hemos sido salvados no tanto por el dolor de Cristo, sino por su entrega amorosa, total, gratuita y extrema de sí mismo por nuestra redención.

Los densos y hermosos textos de la palabra de Dios, que se han proclamado, ponen de manifiesto la profundidad del contenido y significado de estos acontecimientos salvíficos que estamos celebrando.

La primera lectura del Éxodo nos narra el rito y la celebración de la cena pascual de los israelitas al salir liberados de la esclavitud de Egipto. Ofrecimiento e inmolación del cordero pascual, rociamiento con su sangre de las puertas de las casas, cena con la carne del cordero, panes y hierbas amargas. Y, sobre todo, el paso, la pascua del Señor que libera a su pueblo de la esclavitud.  Jesús, la noche antes de su muerte, como fiel judío, se reúne y celebra el mismo rito pascual, pero con un nuevo contenido y significado: él mismo va ser el cordero pascual que se ofrecerá en la cruz y su sangre derramada va a ser la que nos purifique y libere. Esta es la alianza nueva y eterna que Jesús sella con su propia entrega amorosa.

San Juan, en su evangelio, nos coloca en la intimidad y profundidad de la última cena. Jesús está celebrando la pascua con sus discípulos. Ha llegado la hora, el momento de la entrega del Señor. El evangelista así lo consigna solemnemente: “… sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Dos gestos profundos e impresionantes marcan este encuentro singular del Señor con sus discípulos y esta tarde con nosotros que los conmemoramos celebrativamente:

1.- Compartir la cena: tomó y bendijo el pan y el cáliz, Jesús afirma que ese pan es su cuerpo que se entrega, y que ese vino es su sangre que se derrama por nosotros. Este es el anticipo de su entrega total en la cruz hasta la muerte, como lo hará el día siguiente. Es el memorial y la alianza eterna que actualizamos cada vez que celebramos la Eucaristía. Entrega su cuerpo y su sangre en la cruz. Nos da su cuerpo y su sangre como alimento en la Eucaristía. Se entrega y se da todo, sin reservas, en el extremo del amor.

2.- Lavar los pies: este gesto quedaba para los esclavos que debían atender a sus señores y a los invitados. En medio de la cena, inesperadamente, Jesús se levanta y asume la figura de esclavo y siervo, de humilde servidor que se rebaja y da ejemplo. Es el testimonio de humildad, servicio y entrega. Aunque es el Señor y el Maestro, da ejemplo supremo de que el mandamiento para el cristiano es el amor mutuo, la entrega y el servicio de unos a otros. Él no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar la vida por todos nosotros. Este es el sentido profundo del lavatorio de los pies. Por ello, el Maestro y el Señor nos desafía y nos reta: tenemos que lavarnos los pies los unos a los otros, a través del servicio humilde, callado, desinteresado y generoso. Si Jesús, siendo el Señor lo hizo, cuánto más debemos hacerlo nosotros sus discípulos, los unos a los otros.

Cuando Jesús lava los pies, nos está dejando un legado completo sobre la manera en que debemos comportarnos con los que nos rodean. Lavamos los pies del prójimo cuando nos acercamos a dar una mano a quien lo necesita, cuando escuchamos sus problemas. Lavamos los pies del prójimo cuando no escatimamos nuestro tiempo para visitar a un enfermo, a un anciano, a quien sufre. Sigamos lavando los pies, aunque en nuestra sociedad de hoy sea un gesto que pocos valoren e incluso que cause burla o crítica, pero estamos siguiendo las enseñanzas del Señor.

Con este gesto, Jesús nos ha dado ejemplo supremo de amor, humildad y entrega. Nos ha dado ejemplo total entregando su vida a la muerte por nuestra salvación. El mandamiento, la vivencia y la práctica del amor es lo que nos distingue como discípulos verdaderos del Señor, lo demás son palabras y buenos sentimientos. Si no nos amamos de verdad, si no nos lavamos los pies los unos a los otros, no tenemos que ver nada con Jesús, como fuertemente le dijo a Pedro.

Hermanos, compartir la cena de la propia entrega y lavar los pies a los discípulos, son los dos gestos concretos que resumen el amor total de Jesús que se entrega por nosotros hasta la muerte. Amar no es fácil a causa de nuestro egoísmo que nos repliega, encierra y nos hace buscar nuestro propio bienestar y comodidad. Jesús no se encerró en sí mismo, por el contrario, se dio y se entregó totalmente. Amar se nos hace casi imposible cuando hay que hacerlo con los que nos han hecho daño, con los que no son ni piensan como nosotros. Entonces, ¿cómo hacer realidad el mandamiento del amor, el lavarnos los pies en el servicio, el dar la vida como Jesús?

El amor sólo puede venir de Dios y será posible solamente cuando escuchemos al Maestro, cuando cumplamos su palabra como norma de vida, cuando seamos obedientes en la fe, cuando seamos humildes y nos dejemos conducir por sus criterios y actitudes, no por nuestros pensamientos, ideas o intereses. La clave está en morir y renunciar a nosotros mismos. Jesús nos ha dicho que el que pierde su vida para este mundo la ganará para la vida eterna. Para amar, tenemos que hacer primero experiencia del amor de Dios nosotros mismos, Él nos ha amado primero, dejémonos amar por Él para amar con el amor de Dios.

Queridos hermanos, para amar y servir, el camino está en cumplir la palabra del Maestro y dejarnos alimentar de Él y por Él en la Eucaristía. Del memorial de la pasión y muerte del Señor nos viene la fuerza y el alimento para hacer realidad el mandamiento del amor, para salir de nosotros mismos y entregarnos como Él con obras de bien, actitudes   de   servicio y   gestos de amor en momentos concretos. San Pablo nos recordaba, en la segunda lectura de la primera carta a los corintios, que la Eucaristía es el memorial de la entrega del Señor. En la última cena, “la noche en que iba a ser entregado tomó pan en sus manos, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre. Hagan esto en memoria mía”. De esta entrega amorosa de Cristo, en la Eucaristía, recibimos la fuerza para vivir en el amor, para amar con el amor de Cristo que sirve y da la vida.

Hoy especialmente damos gracias por la entrega total de Cristo hasta la muerte, por este sacramento eucarístico que nos alimenta y nos da vida eterna. Sin Eucaristía no hay vida cristiana, sin Eucaristía no hay vida en el amor. También damos gracias por el sacerdocio ministerial que hace posible celebrar y actualizar esta alianza nueva y eterna, en la Eucaristía, todos los días en la vida de la Iglesia. Damos gracias por el mandamiento del amor que Jesús nos ha dejado con su propia vida y ejemplo, con gestos y actos concretos. Que el Señor nos colme de su amor para vivir amando, para amar sirviendo, para servir dando la vida, lavándonos los pies los unos a los otros como el Señor lo ha hecho.