Sin Eucaristía no tendríamos la gracia para crecer en santidad

El Cuerpo y la Sangre de Cristo, Domingo 2 de junio de 2024.

Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 A.M.

Hermanos todos en Cristo Eucaristía:

Momentos antes de su ascensión, el Señor dijo a sus apóstoles: “No tengan miedo, no los dejaré solos, yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Jesús ha cumplido esta promesa con creces, porque no sólo nos ha dejado su Espíritu Santo, sino que se ha quedado con nosotros en su presencia real y excelsa de la Eucaristía. En ella Cristo se hace presente y está vivo en el misterio pascual de su pasión, muerte y resurrección. El Señor se hace presente en la Eucaristía con su sacrificio redentor de la cruz. La Eucaristía es la presencia total de Cristo entre nosotros, pues en ella Él está en cuerpo, sangre, alma y divinidad. Así lo creemos y confesamos desde la fe de la Iglesia. Él está en este sacramento admirable hasta la consumación de los siglos. Se ha quedado entre nosotros en forma de comida y alimento de vida eterna que nos fortalece y santifica.

Celebramos esta solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo después de haber celebrado el pasado jueves santo la institución de la Eucaristía, pues en esta solemnidad del Corpus Christi, instituida por el Papa Urbano IV en el año 1264, celebramos con especial énfasis la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Presencia real en el pan y el vino, no sólo durante la celebración de la Misa, sino también en el pan que se reserva sobre todo con una doble finalidad:para llevarlo en viático a los enfermos y para ser adorado por nosotros los creyentes.

La Eucaristía es también la alianza nueva y eterna que Cristo ha sellado con nosotros. Por ello, en la primera lectura del Éxodo se nos ha narrado el establecimiento de la primera alianza con Israel. Decía Moisés: “Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con nosotros”. Para entonces, era la sangre de animales que se ofrecía en sacrificio. En la Sagrada Escritura, sangre es signo de vida, de energía y vitalidad. La sangre de los sacrificios de la antigua alianza era sólo un asomo de la sangre de Cristo derramada en la cruz.

En efecto, ahora nos encontramos en la nueva y definitiva alianza, por ello, el autor de la carta a los hebreos, en la segunda lectura, nos ha dicho que ya no es necesaria la sangre de animales, pues ahora ha sido la sangre de Cristo la que ha sido derramada una sola vez para siempre para la redención del mundo. Por su muerte y resurrección, ha entrado de una vez para siempre en el santuario del Padre. Con su sacrificio, ha purificado nuestra conciencia, nos ha redimido de nuestros pecados y nos ha dado vida nueva.

Hermanos, carne y sangre son los elementos fundamentales que conforman la vida de una persona. Como lo ha dicho el evangelio de Marcos, Jesús instituye la Eucaristía como alimento y alianza; él mismo es quien se nos da: “Coman, beban, es mi cuerpo, es mi sangre”. Así nos invita a todos a acercarnos al banquete de la vida y del amor. Alianza, comida y alimento son la expresión máxima de la entrega de Jesús por nosotros. El mismo decía: “Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por los que ama” (Juan 15,13). Cristo se ha entregado y lo sigue haciendo por nosotros en la Eucaristía todos los días hasta el fin del mundo en esta alianza nueva y eterna.

En nuestra vida cotidiana, si no comemos, si no nos alimentamos, simplemente morimos. Así de necesario es el alimento material, pero más indispensable es el alimento espiritual que nos da vida eterna en la Eucaristía. Jesús mismo nos recuerda: “Si no comen mi carne y no beben mi sangre, no tendrán vida en ustedes”. Y también nos dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día (…) El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él (…) Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”. Todas estas palabras nos hablan de la necesidad de la Eucaristía para nuestra vida de fe, y de la profunda e íntima unión que tenemos con Jesús cada vez que nos alimentamos de él en este banquete de la nueva alianza.

Hermanos, la importancia, necesidad y trascendencia de la Eucaristía para nuestra vida y para la Iglesia tiene implicaciones y consecuencias capitales. Veamos algunas:

1.- Sin Eucaristía no hay vida cristiana ni fruto apostólico, no tendríamos fuerza para ser testigos de Jesús en el mundo, no tendríamos la gracia para crecer en santidad. La Eucaristía hace, sostiene y anima a la Iglesia.

2.- Si tuviéramos una verdadera conciencia sobre la importancia y la necesidad de la Eucaristía no la dejaríamos por nada ni por nadie. Sería el centro del domingo como día del Señor. La Eucaristía no es una obligación, es una necesidad. Nosotros no le ofrecemos nada a Jesús, Él se nos ofrece todo a nosotros en la Eucaristía.

3.- Es necesario que nos prepararemos y nos dispongamos de la mejor forma para participar de la Eucaristía. Sobre todo, interiormente, limpios y libres de pecado para recibirla dignamente, y jamás cometer sacrilegio comulgando en pecado.

4.- Puesto que es lo más grande y santo que tenemos, hay que tratar con máximo respeto y cuidado la Eucaristía. Lo santo hay que tratarlo santamente. Este respeto se manifiesta en la forma de presentarnos y de comportarnos en la Eucaristía, incluso hasta en la forma de vestir.

5.- Hemos de alimentarnos del cuerpo y sangre de Cristo, pero también, según la fe de la Iglesia, hemos de dar culto a la Eucaristía a través de la adoración eucarística, la hora santa, la visita al Santísimo Sacramento y otras manifestaciones de piedad. Jesús está allí, en el sagrario, para escucharnos, fortalecernos, animarnos y llenarnos de su amor. Acudamos a Él con confianza y frecuencia a poner delante suyo toda nuestra vida.

Hermanos, después de esta Santa Misa, tendremos la procesión con el Santísimo Sacramento alrededor del Parque de la ciudad. Es una manifestación pública de la fe de la Iglesia en la presencia de Jesús en la Eucaristía; creemos que es él quien está presente en las especies consagradas del pan y del vino que son su cuerpo y sangre. Por ello, queremos adorarlo y alabarlo pública y abiertamente. Queremos pedirle que bendiga al mundo, a la Iglesia, a la Diócesis, a nuestra ciudad, a nuestros pueblos y familias.

Que, al escuchar la invitación de Jesús, “coman, beban”, nos acerquemos con alma limpia, con corazón puro y con verdadera hambre espiritual a este sacramento que es fuente y cumbre de toda la vida de la Iglesia. Comamos siempre de este alimento y de este banquete que es el pan vivo bajado del cielo, Cristo mismo, que nos purifica, alimenta, fortalece y santifica.

¡Para siempre sea alabado el Señor Sacramentado! En el cielo y en la tierra vuestro nombre sea alabado. Así sea, amén.