Somos un pueblo en camino, sostenido por la Palabra que nos precede y nos orienta

II Domingo después de Navidad, Eucaristía Peregrinación Jubilar Diocesana.

Domingo 4 de enero de 2026, Basílica de San Pedro, Vaticano, 7:15 a.m.

Hermanos peregrinos y querido P. Stward:

A la luz del misterio que celebramos en este II Domingo después de Navidad, la Palabra de Dios nos conduce nuevamente al corazón del tiempo navideño: el asombro ante un Dios que ha querido habitar entre nosotros. No se trata de un recuerdo del pasado, sino de una presencia viva que sostiene nuestra fe y da sentido a esta peregrinación jubilar diocesana que nos ha hecho llegar hasta acá, la cripta del Apóstol Pedro, bajo el altar de esta Basílica Vaticana.

En la primera lectura, el libro del Eclesiástico nos presenta a la Sabiduría que se alaba a sí misma porque procede de la boca del Altísimo y pone su morada en medio del pueblo elegido. “En Jacob puse mi tienda, en Israel recibí mi heredad”. Para nosotros, cristianos, esta Sabiduría encuentra su plenitud en Cristo. Lo que el autor sagrado intuye como promesa, el Evangelio de San Juan lo proclama como acontecimiento: el Verbo eterno, por quien todo fue hecho, se hizo carne y acampó entre nosotros. Dios no se ha mantenido distante; ha querido caminar con su pueblo, compartir su historia, hablar su lenguaje y cargar sobre sí sus fragilidades. Esta es la primera enseñanza para nuestra fe: el cristianismo es un encuentro con una Persona viva que nos sale al paso en el camino.

El Salmo 147, nos invita a alabar al Señor porque fortalece los cerrojos de nuestras puertas, bendice a nuestros hijos y envía su palabra a la tierra. Jerusalén es llamada a glorificar a Dios porque ha recibido su Palabra y sus mandamientos. Hoy, esa invitación se extiende a nosotros, peregrinos acá en Roma, porque después de esta Eucaristía vamos a caminar desde la Piazza Pia, atravesar la Puerta Santa e ingresar nuevamente en esta santa Basílica, para orar por múltiples intenciones. La peregrinación jubilar es imagen de la vida cristiana: somos un pueblo en camino, sostenido por la Palabra que nos precede y nos orienta.

San Pablo, en la segunda lectura de su carta a los Efesios, eleva una gran bendición al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales en Cristo. Antes de la creación del mundo, fuimos elegidos para ser santos e irreprochables por el amor. Esta afirmación ilumina profundamente nuestra presencia aquí. No estamos en la tumba de San Pedro por casualidad ni por mérito propio, sino por gracia. Hemos sido llamados, reunidos y enviados. Pablo ora para que se iluminen los ojos del corazón y podamos comprender la esperanza a la que hemos sido convocados. Este es uno de los frutos más preciados del jubileo: volver a mirar la propia vida desde la esperanza de Dios.

El prólogo del Evangelio de San Juan nos introduce en la hondura del misterio: “En el principio existía el Verbo”. Aquí, en este lugar donde reposan los restos del apóstol que confesó a Jesús como el Cristo, resuena con fuerza la afirmación central de nuestra fe. El Verbo es luz verdadera que ilumina a todo hombre. Muchos no lo reconocieron, pero a los que lo acogieron les dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Esta es la buena noticia que sostiene a la Iglesia desde sus orígenes: no somos huérfanos, somos hijos; no caminamos a ciegas, tenemos una luz; no avanzamos solos, somos cuerpo, somos comunión.

Celebrar la Eucaristía en la tumba de San Pedro, el primero de los apóstoles, tiene un significado profundamente eclesial. Aquí confesamos nuestra fe apostólica, la misma que Pedro selló con su sangre en esta colina vaticana. Aquí renovamos nuestra comunión con el Sucesor de Pedro, el Papa León XIV, por quien elevamos hoy nuestra oración confiada. Pedimos al Señor que lo fortalezca en su ministerio, que lo llene de sabiduría y mansedumbre, y que lo confirme en la misión de confirmar a sus hermanos en la fe. Al mismo tiempo, traemos en el corazón a nuestra Diócesis: a los presbíteros, consagrados y laicos; a las comunidades que peregrinan entre luces y sombras; a los pobres, los enfermos, los jóvenes y las familias. Nada de lo que somos y vivimos como Iglesia Particular de Ciudad Quesada queda fuera de esta Eucaristía tan sentida y significativa.

De modo especial, ponemos sobre el altar a las personas que nos han pedido orar por sus intenciones. Sus nombres, historias y sus necesidades se unen al sacrificio de Cristo, que aquí se hace presente. En la comunión de los santos, la tumba de Pedro nos recuerda que la Iglesia trasciende el tiempo y el espacio: estamos unidos a quienes nos precedieron en la fe y a quienes hoy esperan una palabra de consuelo y de fuerza.

Finalmente, damos gracias por el Año Santo Jubilar de la Esperanza que estamos a punto de concluir el próximo martes 6. Aquí, junto al Papa, en el corazón visible de la Iglesia, reconocemos que la esperanza no defrauda porque está fundada en el amor de Dios derramado en nuestros corazones. Volveremos a nuestras casas y comunidades no como turistas espirituales, sino como testigos de la fe. El Verbo sigue queriendo habitar entre nosotros; la Sabiduría sigue poniendo su tienda en medio del pueblo; la luz sigue brillando en las tinieblas.

Que esta Eucaristía, celebrada sobre el lugar de la confesión de la fe de Pedro, renueve nuestra adhesión a Cristo, nos consolide en la unidad y comunión diocesana entre nosotros y con toda la Iglesia, y nos impulse a vivir y anunciar, con gozo y alegría, la esperanza que hemos recibido.

Que así sea, amén.

ÚLTIMAS NOTICIAS