Una educación que devuelva el encuentro personal

Educar siempre ha sido una tarea profundamente humana. Pero hoy, en medio de las transformaciones tecnológicas, culturales y sociales, educar es más que un reto si se quiere impactar a la persona humana. La velocidad del cambio y la irrupción de la inteligencia artificial están moldeando nuevas formas de pensar y relacionarse. La educación no puede limitarse a preparar para el trabajo o la competencia; debe formar personas con conciencia crítica, compromiso con la vida y valores.

El progreso tecnológico ofrece oportunidades extraordinarias, pero también plantea interrogantes sobre el sentido y el rumbo de la sociedad. Las redes sociales prometen conexión, pero muchas veces generan aislamiento y dependencia emocional. La inteligencia artificial facilita acceso al conocimiento, pero también corre el riesgo de sustituir la reflexión, la creatividad y el contacto real con el otro.

El gran desafío de nuestro tiempo no es la falta de información, sino el exceso de ella y el reto de verificar qué es real en medio de tantas distorsiones y mentiras. Los jóvenes, especialmente, crecen entre pantallas que los acompañan desde la infancia, pero muchas veces la sin orientación interior. La educación debe ayudarlos a distinguir entre lo útil y lo superfluo, entre lo que enriquece el alma y lo que la vacía. No se trata de rechazar la tecnología, sino de aprender a habilitarla con sentido humano y ético.

En una sociedad digital, el centro educativo y la familia siguen siendo los espacios donde la persona aprende a convivir, a pensar, a amar y a esperar. Son lugares donde se cultiva la libertad interior, esa que no se compra ni se programa.

Recientemente el Papa León XIV en un encuentro con educadores, a propósito del Jubileo del Mundo Educativo, el pasado 31 de octubre, ponía especial énfasis en el compromiso humano de los educadores al relacionarse con los estudiantes.

“En nuestros contextos educativos, preocupa ver crecer los síntomas de una fragilidad interior generalizada, en todas las edades. No podemos cerrar los ojos ante estos reclamos silenciosos de auxilio; al contrario, debemos esforzarnos por identificar sus causas profundas. La inteligencia artificial, en particular, con su conocimiento técnico, frío y estandarizado, puede aislar aún más a estudiantes ya aislados, dándoles la ilusión de no necesitar a los demás o, peor aún, la sensación de no ser dignos de ellos”, decía el Santo Padre.

Ninguna máquina puede reemplazar el encuentro humano, la empatía, ni la transmisión de valores. La educación es, ante todo, una relación entre personas, un acto de confianza. Si la tecnología ocupa el centro, se corre el riesgo de toparnos con corazones vacíos. Es indispensable que el desarrollo tecnológico esté acompañado de una profunda reflexión moral.

No podemos perder de vista que enseñar es también un acto de esperanza al creer que cada persona puede crecer, aprender y transformar su entorno. La tecnología debe ser aliada, nunca sustituto del contacto humano.

Educar, en su sentido más amplio, significa ayudar a redescubrir el valor de la presencia, del encuentro cara a cara. La escuela y la comunidad están llamadas a recomponer los lazos rotos por la prisa y el individualismo digital.

Dios nos ayude a educar y a educarnos con verdadero sentido humano y relacional, respondiendo así a la esencia de cada persona como ser en relación insustituible con los demás.

Fermento 398. Martes 11 de noviembre, 2025

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