Volver a la verdad para vivir en paz y libertad

Vivimos en una era marcada por el relativismo, en la cual la verdad parece ser una noción negociable. Lo que durante siglos ha sido considerado como principio inamovible, hoy se ve cuestionado por un pensamiento que relativiza todo, desde la moralidad hasta la realidad misma. Este relativismo confunde a la sociedad y erosiona los cimientos de la convivencia humana.

Decía el Papa Benedicto XVI, en su encíclica, Caritas in veritate, n. 3: “Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario”.

En otras palabras, cuando el amor no se basa en la verdad, se convierte en algo superficial, manipulable y guiado solo por emociones momentáneas. El relativismo se presenta como una forma de libertad, prometiendo liberar al individuo de las cadenas de la verdad objetiva. Sin embargo, esta aparente libertad se convierte rápidamente en una carga pesada, pues al rechazar la verdad universal, se pierde el punto de referencia que da sentido a nuestras decisiones y acciones.

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, en el n. 138, nos dice: “En el ejercicio de la libertad, el hombre realiza actos moralmente buenos, que edifican su persona y la sociedad, cuando obedece a la verdad, es decir, cuando no pretende ser creador y dueño absoluto de ésta y de las normas éticas”.

En un mundo donde cada persona define su propia verdad, el diálogo se hace imposible y la cohesión social se disuelve en una multiplicidad de opiniones sin fundamento. ¡Así está nuestra sociedad desde hace rato!

La enseñanza de la Iglesia nos recuerda que la verdad no es una imposición arbitraria, sino una realidad que está inscrita en el corazón del ser humano. Esta verdad es el reflejo del orden divino, es accesible a todos mediante la razón y la revelación. Es en esta verdad donde encontramos el camino hacia la auténtica libertad: solo la verdad libera al hombre de las cadenas del error y la confusión.

La crisis de la verdad que vivimos se refleja en múltiples aspectos: la ética, la política, la familia y la educación, entre otros. La relativización de la verdad ha llevado a que se debiliten los principios morales que sustentan una vida justa y equilibrada. Sin un anclaje en la verdad, los derechos humanos pierden su fundamento, se vuelven sujetos a la interpretación y al capricho de quienes ostentan el poder y hasta se crean leyes en función de justificar esos caprichos.

Los católicos debemos ser coherentes y vivir apegados a la verdad que proclama la Iglesia, la cual no es una verdad construida por el hombre, sino recibida de Dios, por lo tanto, es inmutable y universal. La autenticidad y la integridad de los cristianos deben ser un signo visible de que la verdad es posible y de que vale la pena vivirla, incluso cuando supone un desafío.

Al reafirmar la verdad como un fundamento de la vida social y personal, podemos construir una sociedad más justa, cohesionada y en armonía con los principios morales que emanan de la ley natural y divina. Volver a la verdad es, por tanto, el primer paso hacia la verdadera libertad y la paz duradera.

Fermento 335. Martes 27 de agosto, 2024

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